Magín y su Navidad. El Norte de Castilla (18/1/2018)

Magín, viejo amigo de la pobreza, no tenía turrón. Contemplaba la única ventana de su rincón dándose de cara a la callejuela de fuera  casi sin aire. En cuatro metros (medidos) se alzaba un árbol con castañas. Toda una riqueza. Porque nadie las recogía y se encargaba él de bajarlas de su altura, llenando un saquete. Y las comía sin encomendarse ni a Dios ni a Satanás. Porque sabía que, en el centro de la ciudad, (donde rogaba limosnas) paseando por allí y observando cómo pocos se detenían, y pocos  se arrepentían de, al pasar, darle unas migas de su buena presencia y buena digestión.

Él, se acostaba y se despertaba sabiendo que estaba vivo a pesar de guardar en su ser que los días estaban de espaldas. Y los invitados especiales de buen vivir o bastante bien,  indicaban que no lo veían o temían acercarse. Con esto, no había forma de arreglar nada y le condenaban al vacío. La nada no confortaba.

Su madre le había dicho que era valiente trabajando “embarriendo”, cuando aún tenía algo de ropa escondiendo la delgadez no elegida. En un principio le comunicaba dolorido a su madre <<Madre, soy valiente porque se respira hasta sin aire>>. Pero cumplió más edad y madre desapareció. La vejez de ella se desbordó y la casa (bueno las dos habitaciones y una cocina vacía) se encogió, creciendo únicamente la tristeza.

Magín había pasado meses por la casa o su mini (aseguraba), llamando a su madre. Cuando tuvo que convencerse de que habitaba otro mundo,  decidió continuar sus enseñanzas: vive y cree en el mañana.  Porque siempre había conseguido estar viva y poco quejosa cuando conseguía una hora de trabajo o una salida  de gentes de Misa de la iglesia, aunque siempre tenían prisa. Sí, ellos. La mayoría  regordeta o con buen color. Alguna vez sacaba para pan y también un fastidio. Se notaba mucho que eran un presente sin presencia. Qué difícil vivir. Y aún más, vivir rodeado de gentes fácilmente vivos.

En la lejanía admiraba Magín la Navidad. Sin duda. La ciudad encendía luces y grandes estrellas de oro o parecido. Los escaparates se llenaban y la calle muy pisada por gentes y gentes, y más gentes, volcándose en comercios mágicos. Regalos. Buenas comidas y cenas con platos propios de Nochevieja y Nochebuena. Y Glorias para la noche  de Reyes. Unos Reyes sin cansancio, con certeza. Y tan lucidos seguían (eran toda una lección).  Cargando paquetes y paquetes (además de juegos, bicicletas y patinetas) con felicidad. Y qué alegrías inmensas.

Bueno, a Magín, mientras vivió su madre, le dejaba un rey mago, muy mago decía ella, tres naranjas. A Magín le fascinaba. Cambió ella solamente un año más floreciente,  que amaneció en sus botas, un balón. Aún lo conservaba como un aire feliz entre sus paredes viejas, arrugadas.

Nunca supo en qué momento se le detuvo el tiempo donde siguió sentado bajo su viejo techo y viejo él. Se contó que había tenido muchas confusiones de la suerte. Se reía un poco, muy poco, para decirse  que de buen hombre pasó a chivo expiatorio. Y se dañó.

Hasta que milagrosamente, o lo que fuera, una  persona bien vestida y mirada de clemencia le enseñó un lugar donde comer todos los días y dónde le entregarían ropa nueva, contra la miseria y el frío. Desde entonces, calcó calor y  pensamientos donde le crecieron, en su mente adormecida, árboles con castañas.  Y se  calzó pasos humanos y borradores del mal.

Ya solo pidió que cuando muriese encerraran con él, el balón que guardaba.

Elena Santiago