Los sueños que llegan. El Norte de Castilla (9/12/2017)

Es fácil acceder a los sueños conociendo que se logra hasta lo inalcanzable. Que se pudieran encontrar ya que el mundo y la imaginación surgen o besan acariciando. Espumas o lágrimas. Anuncian contemplar cómo se aleja el sol, luz plena, tonos sosteniendo colores, envolviéndose en oscuridad hasta encontrar el día siguiente. Es un calendario sin desarreglo. Amanecer, amanece. Y hasta consigue esclarecer lo confuso. Abraza la emoción ante el día asomándose.

¿Los sueños? No tienen hora, ni momento. Aman la aventura, lo blanco y lo negro. El frío o el amor a las palabras. Sueños, sueños… Cercando lo visible o invisible. Son impuestos o repetitivos. Libres o con puertas cerradas. Sonrientes o con ausencias. Desde la infancia la imaginación se acercaba. Temblorosa o como escultura. Los niños de otra forma, tan leído Andersen, Grimm o aventuras de Stevenson. Nos permitían oír y sentir. Nos llenábamos de dibujos y nombres, repletos de escritores inolvidables. Lo mejor, creer en ellos. Dejarlos dentro. Mundos fantásticos; encantamientos. Vivir con libros, ya siempre, era crecer una riqueza que ayudaba a abrir más caminos y sentimientos.

Ya en tiempos de primera escuela, se inventaban gentes o árboles, risas o miedos, preguntando si se tendría que conocer todo el mundo para saberlo. <<¿El mundo, todo el mundo tengo que explicar>>.-preguntó un alumno-  << Todo>> -le contestó el profesor, añadiendo:  <<Todo, para saber y saber  entenderlo y elegirlo>>. Y el niño, insistiendo: << ¿Todo? ¿La bola total?>>.  Y asentían en la respuesta: <<Bola total y redondear así las cabezas>>. Y más palabras. O sea: conocer: vida y leer y leer libros. Y hallarían encontrar la bendición de aprender.

Se consideraba el alumno sostener un encantamiento que daba felicidad. Aunque ocurren excepciones, casos de espaldas. Ocurrió –es un ejemplo-, con  Lea, que estuvo de frente siendo la más feliz del pueblo, por ser una enamorada de la risa y, de tal manera, creció. Y conversaba en la calle con conocidos. Todo bien hasta que “tomó un casorio” – explicaría- con un hombre de la Cabrera, un lugar que aun lleno de paisaje de primor, no era cómodo. Al crearlo Dios había cerrado los ojos. <<Para más,  el hombre se llamaba Florián, un nombre sin una flor o  merecimiento para los demás>>. Y continuaba: <<Con tanto de tan poco>>.  Lea no tenía ni un buen sueño cumplido. Sueños color de rosa –redondeaba -. Y añadía que  había un refrán que era todo para ella: “Que lo que mal empieza, mal acaba”. Y suspiraba al exponer: <<Mi vida ha sido El Diluvio”. Su vecina cayó en dudas,  objetó: ¿Un Diluvio era bueno o regular? Alguien repuso que, según diluvios. Dependía del paraguas.

Lea le confesó al sr. cura que pecaba por odiar refranes. Y subía al desván donde se desplomaba claridad en pleno día. Buscaba ella el pasado que en era lo mejor que tenía y rezaba mucho pidiendo al Cielo un refrán bondadoso.

– Consuélate y consuela malos sentimientos… -animó el sr.-  Y más ahora cerca de la Navidad.

Colocada Lea en una voz muy cursi musitó que la Navidad, eso sí, eso sí, que era buen Florián.

Navidad, siempre había sido fiel. Como los Reyes Magos cargados de juguetes y, sin faltar, los libros. Siempre considerados. Siempre sin olvido. Para los que sueñan y para los que no tienen nada. Regalos de pequeños, grandes y ancianos, adornándoles muchas horas emocionadas y gran amor. La verdad cuidada. Regalos sin  un llanto (nunca las manos vacías), y todo sera calor y música.