La lluvia escondida. El Norte de Castilla (7/10/2017)

Meses y meses cruzando un buen sol, pero sin lluvia. Lluvia era algo que iba dejando atrás y en el presente un extendido vacío, sin acercarse fijando un pasado dolido, excesivamente muy largo. En la actualidad, llover, comenzaba a ser una situación desconocida, agua perdida, alejada o escondida. Sin permitirnos despertar y oír sus murmullos, mejor y, mejor, si desdoblaba un ruido abundante de sus corrientes, precipitada; resultando grandioso.

Lo que antes era una costumbre espaciosa, vertiendo cuanto se necesitaba. Nunca como ahora  abriendo una sequedad destructiva, en larga espera y dejando estar a cero ríos y  pantanos, charcos y barrizales, tierra conmovida. Respirando en ambientes, respirando momentos dorados.

Pero seguimos en situaciones donde la  memoria y la realidad presentan recuerdos perdidos, con paraguas. Lejos aquel alivio. Aquella lluvia surgiendo mimando hondos cansancios. En aquel entonces, dejándose caer apresurada como si buscara conformar al mundo. No este sueño temblón que no acaba de asomarse. Sería una bondad. Más bien un encuentro cual benditas cataratas resbalando por una intensidad corrigiendo tanta espera, calando tierras, caminos, siembras, tejados, y espacios fuertemente caídos.

Antes era escudriñar las nubes que jugaban a leve viento o desmesurado, conviviendo con el mundo. Nubes cargadas arrasando la sed del campo; con asombro. Surgía la lluvia con energía en lugares y sueños, continuando chaparrones delicados a la vez, hasta llamarse rutina  deslizando un cántico, alegrando aquel largo tiempo desbordado de sequedad. Era apartar el mal y recibir salvaciones. Entonces, insistiría Quevedo escribiendo: <<El mundo me ha hechizado>>.

Cuajaría el agua un gran soplo de felicidad ante la fuerza  adecuada al revivir y reaparecer. Un soplo de fuerza adecuada. Gloria  a cuantos trabajaban  la tierra y cuanto lo que  ella sostenía. Naturalmente las montañas no se moverían pero aquella llegada como si el cielo bajara, se vestiría de verde y más existencia.

Demasiada espera estos tiempos de horas detenidas en un pasmo con urgencias de cambio. Al llover hasta las  emociones temblarían. El río y el campo, se rodeaban de salvaciones. La necesidad y la voluntad con su llegada equilibraban hasta los paisajes acostumbrados a nacer en su momento y creciendo. Hasta se amaba el último rincón de existencia apartando lo que dolía. Riegos con soltura y aprecio. Vida con pulso, con futuro radiante. Explicar delicias era vivir con amor, agua y aire. El alma asentía. Marcaban tantos matices y encantamientos que el ser humano seguía caminos, líneas rectas o torcidas, según momentos pensaba que llover es crear más hermosos paisajes  arrasando la belleza.

Hasta lo más diminuto reía y se reían las gentes que tomaban la calle para llenarla de paraguas. Comenzaban campos a enderezarse  y respirar  desbordando su satisfacción. El hombre, quejándose aún de que ya era hora de tratar bien el mundo que andaba muy molesto. Exigía una atención más desdoblada. A manos llenas  lo bueno. Como el agua. Con ella finalizaba la importante sed.