El tiempo se va. El Norte de Castilla (27/1/2018)

Comenzar siempre es bueno si es para recorrer el camino que presenta un nombre paradisiaco. Podía buscar una distracción antes de  antojarse opinar. Ya que llevaba largo tiempo en busca de una salida. Comenzaba con volverse observando aquél tiempo del pasado rodeado de un calendario que le señalaba buenos momentos. Contemplar aquello, cuando la naturaleza estaba más a salvo de fuegos y corrientes dolorosas. Igual que ella misma.

La vida, en ocasiones, se confunde pero no hay que olvidar que siempre existe un hueco para comenzar de otra manera, nuevamente. Las ganas a veces se pierden y hay que buscarlas.

Stendhal ya había muerto sin arraigar aquella pregunta “de quién soy yo”. Desaparecido también Proust sin acercar el tiempo perdido. En ocasiones se buscaba sin hallarlo, porque era que aun estando lo antiguo hondamente, nos envolvían demasiadas sombras encerrándonos.

Conocí (y bueno  es conocer) a una mujer muy sola (¿era ya una montaña rocosa?) que cargaba la soledad como un exilio, un  ostracismo. Y soñó con una huida. Con  el cielo reflejado, en sus ventanas. Miraba los cristales con nubes y se santiguaba. Seguido, con frecuencia iba al salón. Se le ocurrían ciertos extremos y así se dijo que era ella la mujer de un cuadro que se  escapaba monte arriba en una idéntica imagen huyendo. Un cuadro grande  que era ella misma subiendo descalza en unos tonos desvaídos. Pintura de Gauguin colgado en un infinito sin hueco por donde  pasar a otro ambiente, otra atmósfera que podría ser que aceptara su comunicación.

Ocurrió  que era dueña de despedidas, llena de recuerdos, hasta el destierro. Respiraba, pero muy sola. Extraña ante una oscuridad subiendo del vacío. Dejando el corazón en la baranda desgastada. En el cuadro, no planteaba nada más, pero en la realidad existía un anochecer en la mujer escondida en su mismo nombre. Ella, decidida, mostró que ya se había detenido dentro de sí misma En un presente, cuando abandonó el salir a la calle. Y desde entonces, nunca compró ya un periódico. Ni tuvo la menor noticia de si aquello era el final del mundo y no aclaró si la vida, tuvo algún buen final.

Se supo un caso extravagante porque no tener periódico y la cabeza apretada en sombras, era una apatía. O desidia. Se le ocurrió  seguir muy cubierta de desconsuelo y, con sombrero, muy original. Sin dejar respirar su mente o clarividencia. Nunca aclaró  si continuó soñando o dormida.

Un aliento de caridad le abrió algunos pensamientos. Recordó a Proust, que arrepentirse de <<En  busca del tiempo perdido>>. Tan considerado como una de las cumbres de la literatura francesa y universal. Interesante un consuelo: había que participar en la vida porque es lo verdadero y esa vida pasa volando.

Detenida ella en su mente, quieta en el temor,  y un  murmullo de una muerte cercana. Consideró a un Proust agravado, sin enfermar sus pensamientos, detenido a escribir. Acertando en sus palabras, con aquella mesura de <<Los placeres y los días>>.

Busquemos. Excepcional es que sean encantos donde nacen los días. Hablábamos de comenzar con necesidad y sí con la intención de ser y estar, apartando y sabiendo huir si la vida nos arrojaba horas al pensamiento y a la cara, cual viento algo loco.

Placeres y los días. Suena a fortunas. Especialmente humanas llamadas amores.

Elena Santiago