Sueño sin soñar. El Norte de Castilla (17/05/2014)

Sueño sin soñar en mí. Y vivo como puedo. Entonces, está ocurriendo que ni sueño, ni vivo.

Que nada la desanime (más que la muerte) y que los deseos salgan decididos al camino a dejar sus huellas. Siempre llaman la atención huellas que son más que un dibujo. Más que una señal donde algo logra conocer y recoger un valor de más existencia. Iría recogiendo paisaje entregando sus pensamientos al paso. Los sentimientos, como rocío campo adelante. Quizá, ¿quizá? Se explican unos latidos que también insisten en el eco. En la música se crece ella y que la quieran los que tienen llave de su misma puerta.

Llora sin llorar en ella, sobre el río para que lleve el Órbigo sus lágrimas. Suenan en lo alto, doblándose blandamente, los chopos y sabe, una vez más, que son dueños de la cima asomándose en el río o en la tierra, dueños del Bien.

Dudaba desde el día de su nacimiento: invierno a las dos en punto. Nadie le dijo «estás nacida» y no supe qué hacer. Y es que la duda cuando es grande, inmensa y profunda, se recoge en una espera. Como el amor.

«Me miran con tus ojos las estrellas más grandes. Y como yo te amo, los pinos en el viento, Quieren cantar tu nombre con sus hojas de alambre» (Neruda)

Y más palabras:

«Eres como la noche, callada y constelada. Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo».

Aún de lejos toca la voz del poeta. Sencillo, porque no necesita más. La vida le deja en la puerta que abra a los sueños. Una caja mágica cerrada, en la que no cree. Bien es cierto que todo depende del nombre y dirección que traiga. Y de su remitente.

«Cantar, arder, huir, como un campanario en las manos de un loco» –dice Neruda.

Y sus mejores palabras: «Me gustas cuando callas porque estás como ausente y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca».

Un esplendor maneja a un poeta cuando ve lo que duele y piensa en irse tan lejos que nadie pueda verlo, aunque sí sentirlo:

«Me gustas cuando callas y estás como distante. Y estás como quejándote, mariposa en arrullo».

Irá despacio. Como si ya no existiera ninguna prisa. Como la nube quieta. Como la hora en arrullo. Y el camino se cubre de la noche entera que baja. ¿Puede ella escapar por la oscuridad tan extendida sintiendo que las estrellas salpican trocitos de luz? ¿Y qué acontece? La calma se sienta y enseña la quietud para poder oír la voz callada. «Me gustas cuando callas » y queda un beso en ese silencio. La claridad de la luna. Los árboles con ramas de hojas que suspiran. Quisiera pintarlas y acercarle ese viento que les hace hablar y contar desde su altura, lo que tiembla. Aquí llega un ruido encendido que se confunde. Es una hora cansada y hace frío: el ruido llega del molino que trabaja el trigo de nuevo. Qué belleza. Recupera lo que fue suyo desde niña.

Susurra el poeta que le duele el amor y se queda quieto esperando a que el mundo le dé la dirección verdadera. Con abrir su puerta podrá también ella no sufrir instantes con quejidos. Y Neruda…: «Ah más allá de todo. Ah más allá de todo». Sí, no es un recuerdo sino una visión real. Como hace la memoria, ese pájaro de mil alas que ve tanto como si siempre fuese el día.

La memoria… abraza los recuerdos, la ansiedad, el temor de olvidar. La memoria une sin detenerse. Abraza la edad, el cansancio y lo más nuevo una y otra vez. Las voces. Las miradas. La memoria nos cuenta cuantas veces necesite nuestra fiel historia. Así la niña regresa para oír el molino. Y el mayor escucha el viento que siempre ha sido suyo.

Elena Santiago

Publicado en El Norte de Castilla el 17 de mayo de 2014