Siempre viviendo. El norte de castilla (8/4/2017)

Estaba. Ya no estaba tanto. Porque soñaba y soñaba y, al despertar, no estaba; solo se la veía pasando puertas hasta  llegar a un asiento acogedor. Los ojos algo cansados. Azul verdoso de tanto ir a las iglesias, porque le habían dicho desde niña que allí estaba Dios y fuera, en el campo, se encerraba a los muertos amados. En la fascinante naturaleza. Y ella lo vivía así.

Aquello se acomodaba en la memoria y borraba levemente el dolor de haberlos perdido. Se descansaba al anochecer. Y siempre amanecía.

Abría las ventanas (el paisaje exponía belleza y enamoramiento) y se aseguraba de que la vida seguía. En invierno había que descansar en una espera, pero ella apenas se detenía y miraba el calendario que le marcaba el mañana. La vida era cansina: le costaba llegar a  la primavera y seguido el verano: contemplando el mar y sus faros; las montañas  tan crecidas,  asomadas sin cansancio. La música bajando amor y lágrimas y, ya, sentir un pálpito que movilizaba la vida.

No contaba lo peor. Recuerdos incrustados en pensamientos que  iban perdiéndose, aunque dejaban hondas huellas. En la historia del mundo moría muchísima gente; y las imágenes rotas, rotas seguían.

Más bien le ocurría a ella que su espejo insistía con que su rostro comenzaba a ser antiguo, poblado de señales envejecidas. ¿Qué hacer? Se dio un consejo y dio la espalda a su imagen reflejada. Porque estaba antigua (nunca diría vieja) y no olvidaba a aquella señora  desconocida que casualmente encontró  en una perfumería, tienda llena de “arreglos” en crema u otras honduras. Y dejó claro la señora que no iba a olvidarse de pasar por su rostro el maquillaje arreglador, a su edad y con todas las  canas escondidas en un tono bastante discreto. Se sentía “finita” y sonreía sin prisa para no despertar sus arrugas. La edad no se la contaba a nadie y a sí misma con suaves maneras. No era su edad, era su presentación al público  que la observaba. Y los fines de semana llamaba a horas mejores; porque salía a divertirse viendo pasear a los demás y asomándose a los escaparates. Muchas veces encontraba modelos que podían ser propios. Pero, ¿qué quería decir propios? (¿además de ser vieja solo se iba a poner los propios?) Y como si fuera además de muy mayor (nada de vieja)… que no le pusieran trabas a sus necesidades de conservarse. Tener un aire dulce y bonito. O mejor, dos.

Cansada, sí estaba. Con su cuerpo algo torcido. Aunque demasiado hacía tan raspado por el  reúma. Pero nada de morirse. Ya morían tantos en las guerras… Y en las huidas… Pobres gentes del barco quedando para siempre en el mar. Hombres, mujeres y niños,  horrorosamente cubiertos de dolor y muerte. Cuando habían elegido amar y ser amados.

 Se consolaba ella y lo agradecía tanto, aquella decisión desde su soledad. Entendía que sus fallecidos permanecían envueltos en la creencia más bella: que estaban en la Naturaleza (cual cielo) y ella  podía sentirlos, tan arreglada y  calada de aquella sensación.

Era bueno vestirse de rosa, salir a mezclarse con las naturalezas fascinantes llenas de hojas con las miradas de los que no estaban, en ramas y altos árboles, algún río, o el mar, bendiciéndolo todo.

 Y  recitaba ella, a Bécquer: <<Volverán las oscuras golondrinas /  En tu balcón sus nidos a colgar, / y otra vez con el ala a tus cristales/ Jugando llamarán>>.  También había dicho el poeta: <<Mientras haya esperanzas y recuerdos…¡Habrá poesía!>>

Pensó si ella podría hacer poesía. Hacer algo que sirviera. De momento amaba también a las golondrinas, siempre regresando en el verano. Siempre regresaba.

Estaba viva. A pesar de la edad, había que continuar y hablar con las horas. Y sonreír, aun sosteniendo el ser antigua y creer que también  las golondrinas, eran sus desaparecidos tan amados.