Seducir y conmover. El Norte de Castilla (21/02/2015)

Dónde vamos estableciendo nuestro territorio? ¿Dónde respiramos lo intenso que nos cautiva y nos lleva a llenar tantos folios? ¿Dónde quedan Cervantes, Kafka, Pessoa, Faulkner, Quevedo, Shakespeare o Virginia Woolf? Encontraremos su sabiduría como un viaje alcanzando lo infinito con cuatro estaciones tan dispares. Abracemos lo creativo de la gran literatura y consiguiendo mantenerse en un equilibrio de sol y agua. ¿Por qué de sol y agua? El sol no cesa de encenderlo todo o de esconderse. Y el agua tiene música apresurada o lenta.

Estaremos muy lejos, pero nos encontraremos, entre tan hondas diferencias, en el hallazgo del lenguaje. Escribiré hasta acabarme. Y conmigo, lo que ha sido propio. Un compromiso conmigo y con mi tiempo, en ese envolvente juego de la recreación que continúa, de forma particular y legítima, sencillamente porque se ama el escribir donde bulle mi cabeza y mi nostalgia sin cansancio. ¿O no bulle la cabeza?

Sólo queda, pues, agradecer una existencia y contarla. Será aprendiendo a conjugar la gran exclamación que es Shakespeare y la rica y colmada sencillez de una Edith Wharton en una obra como ‘Ethan Frome’, por poner un ejemplo. (Los grandiosos mundos de Dostoievski y la narración que discurre como un vivir impuesto, aceptándolo como normalidad y teniendo mil folios sobre una mesa de donde se escribe la vida y sus ausencias). En el ambiente creado, unas vidas urdidas, lo habitable y también lo rechazado. Estaremos ante la pared o el campo abierto, las palabras descolgadas entre el día y la noche, y, nunca a un lado como olvido, las penumbras, tan absolutamente ciertas. Tan substanciales al espíritu y al miedo de cuanto pueda cruzar nuestras esquinas.

Escribe el portugués Miguel Torga en su obra: ‘La creación del mundo’. «Esa memoria que un ser humano puede guardar en sus bodegas, sin que su conciencia ni siquiera lo sospeche!» Y completa este asentimiento afirmando sobre gama de colores, variedad de horizontes y de sensaciones latentes. Las bodegas de los tesoros guardados a la hora de escribir.

Las bodegas y los desvanes que pueblan nuestras cabezas, ahí en lo alto, abarrotadas de objetos y presencias visibles e invisibles.

Implacables entregas de escritura, de personajes acomodados, no como una visita sino como dueños de estos espacios emocionales. Seres silenciosos o silenciados, en decidida voz o condicionados por un vivir. Caminan, o quedan colgados como lámparas del techo o de sí mismos. Todo cabe en la ficción, a nada hay que substraerse.

Va creciendo el argumento, cumpliendo edades y situaciones, fríos o caricias. Alcanzar o caer en una derrota. Asomarnos hasta a lo prohibido y abrir su misterio. Esa forma en la forma de lo que es núcleo de lo humano. A cualquier acto de vida está abocado el ser, como verdad de esa vida, como ficción ratificada de imaginación ymemoria sensorial.

Iré cerrando mis esclavos inacabados. Nunca serán los que descansan en Roma que encierran esa palpitación que ocurre en algunos inacabados. Si extraordinario es vivir o contar esa vida, con pasión, con la emoción de lo convincente, de lo que emociona, cuando el Arte ofrece lo singular, lo determinante.

Lo fascinante, está en la palabra. Por ello el escritor es un visitador de recorridos donde pueden hablar hasta las piedras. Busco a Miguel Ángel existiendo en lo extraordinario en la imagen o la palabra absorta en lo idealizado o en capítulos de vida. Para mí seducir y conmover, ése es el camino.

(¿Qué he escrito? Iba a comentar sobre el niño que mira las hojas de los árboles y las escucha. Bueno, aparecerá otro día. Un día distinto a muchos. Será la consonancia de la imaginación haciendo de gota o de mar).

Elena Santiago

Publicado en El Norte de Catilla el 21 de febrero de 2015