Quizás, mañana. El Norte de Castilla (25/4/2015)

No necesito la inspiración porque hoy no voy a escribir. No puedo traer el profundo misterio de la existencia (tan profundo además). Como mucho arrastraría mi río que llevara la risa de años ya lejanos y tantas palabras dichas sin miedo. Era un paisaje que resultaba ser nuestra propia realidad, y guardaba el eco de nuestros nombres llamando cada anochecer. Abrazábamos el tronco del chopo y (sin sandalias) pateábamos su reflejo insólito al fondo del agua, deformándola. Cuando yo escriba un día cualquiera, podré explicar un descanso en las praderas de las meriendas de la alegría y el murmullo del agua, saltando alguna rana (con mal tipo y vestimenta rara para la moda del verano). Aquello, era casi una felicidad si no nos rozaran los espinos de rosas silvestres y alteraran la piel las ortigas, sin compasión.

Buscaré las personas que me cruzan en nuestras calles y dejan una sonrisa detenida. También, Antonina, cargando sus 90 años y su saludo de que vaya con Dios. No voy a preguntarle dónde se encuentra. Dios, digo. Contesta que supone ella que estará con su padre Tomás que habitaba una bondad tan dulce que arrancaba lágrimas.

Quizá una tarde mientras desvelo palabras y escribo contaré que subí muchas escaleras para defender ciertas formas y situaciones. Proteger a la mujer relegada respecto al hombre, en lugar secundario. Un mundo que la lleva excesivamente escondida y al hombre pasando a primera fila. Una cuestión que contemplará el respeto.

Años han pasado suavizado, aunque falta mucho más. Pensar a dónde llega ahora en el año presente, para ajustar los caminos o los senderos que concedan sus pasos. La mujer ha de andar decidida a ir entrando en más mundo y respirar dentro de él. Va ya en procesiones y rezos que deja al sacerdote menos agobiado. El día que yo escriba, digo y repito, querré contar que en la iglesia de san Juan, es un sacerdote, bello señor antiguo, con casi 100 años y su costumbre de arreglar su poco pelo de la cabeza que recoge sorprendentemente con un imperdible. Piensa que como es muy alto, no se le ve.

El gran momento fue cuando pidió vuelto hacia el público dentro de la iglesia y rogó: ¡¡Dos chicos a tocar las campanas¡¡ Mi hermana y yo, unas pequeñas con inolvidables risas y aventuras, corrimos a la escalera de piedra que subía hasta las campanas; sin una duda. Nunca solicitaban chicas. Nos impusimos en una decisión de poder y volteamos el ruido como pudimos llamando a los habitantes del pueblo. Todos fueron llegando y miraban a lo alto a ver quién tocaba o cascaba con vigor, mucho ánimo y entusiasmo.

Habíamos abierto la puerta de colaborar también las mujeres en asuntos que deberían también estar ellas. Y yo me dije que escribiría en alguna ocasión el buen hacer y con soltura de igualar a las niñas con los chicos.

Lo contaré, quizás mañana.