Película en El Cairo. El Norte de Castilla (23/1/2016)

Apagadas todas las velas de las fiestas palpita al fondo el tiempo detenido, mientras afuera llueve torrencialmente. El invierno cuelga sus pensamientos en los parques sin niños y un cambio en los árboles llorosos, sin sombrero, y a la espera de vestirse en tiempos de primavera.

Dormida se quedó suspirando un pensamiento sobre el calendario que cerró los doce meses y añadió un año más. En el cuenco del armario descansaban ropas blancas del verano. Soñaba ella sonriente (apenas un gesto de felicidad) con la infancia y su tierra invariablemente llamándola.  Continuaba alerta, implantada en sí misma. La rodeaba una atmósfera que se dejaba hacer sentimiento. Y ya surgía leve e ingrávido el espíritu del pasado.

Qué ocurrencia llamativa invitar a bailar, en nochevieja, a Fred Aster. Aquella misma música tan pronunciada, cercada por un enamoramiento de ensueños desatinados y bellos. El protagonista salía de la película y vivía la realidad del otro lado. Dibujaba la fantasía de su película de rosa púrpura  con música  de una cadencia precisa y emocionada. Se bajaban del misterio a la realidad a un amor encendido con luz o en sombra: era certeza conquistada.

 Se dejaba ir en un amor que no se confundía llevándola suavemente a despertar  dentro de su nombre y de una felicidad recién estrenada, para que su protagonista Cecilia (Mía Farrow en la película) se llenase la mirada y los pasos del mejor momento.

Lo tenía todo hundiéndose en la música <<cheek to cheek>>, amando esa hora que la llevaba en brazos con lo cálido y verdadero. La vida  se hacía sueño y ella en íntima sensibilidad, no se apartaba ni un segundo.

Se vistió de sentimiento. Le colgaba un cuerpo amado, como lo ocurrido  en el Cairo. Lo fantástico se imponía como una nube suave en su entorno. El latido de amor casi sonaba. Sólo quedaba cerrarse en aquel punto del universo y respirar. Mientras, el amoroso calor abierto se hacía también consuelo de música arrebatada de ternura.

Al final, el beso.