París

La niebla sigue, en contra del anuncio de que se iba. Quizá quiere, en lo posible, ocultar el escalofrío de las noticias regalando su blancura. Más llorona que nunca ante hechos escalofriantes y despertando, por necesidad total, sobre el encanto de vivir. De ver cara a cara el mejor espejo de luz. Felicidad siempre fue ir a París. Y hoy nada cubre el dolor quemado de miedo y de la mayor angustia.

Acercar París es acercar días especiales de admiración y encanto. Pero este último capítulo de dolor, anda ciego. Besos escondidos entre flores para  los últimos pasos de tantas personas sin salvación, pasos rotos.

La ternura aún está ciega por mucho que busque acercarse a tanto inocente que se hundió en el horror de imágenes imposibles de creer. Cuando todos ellos estaban en la hondura feliz de sus satisfacciones, sin aquella falta  de necesitar una salvación, surgía otro tiempo locamente.

París contempla, y el mundo, su situación  de cómo puede alcanzar el mal más hondo conseguido por los que caminan sin alma. El dolor hiela,  la niebla llora más. Consiguen clavarse ambos pero ni un ápice, ni un leve cambiante  que pueda esconderlos. Qué hora más dolorida de semejante momento trágico. Todo, tan perdido. Recogidos estaban dentro de la música y la alegría… Pero el horror gigantesco existe.

París llena de vida, de flores, de cafés dorados. Una ciudad de fijos sueños y amor. En ella se encontraba una emoción sabida. El Arte, sus calles, sus fachadas románticas, su dulzura en tantas rincones… Tropezó todo en segundos en un golpe atroz que nos alcanzó a todos.

Ni tiempo a cerrar los ojos para no verlo. El vértigo rompe hasta los segundos, todos los poemas escritos de amor y sus compañeros de vida ante semejante presente. Inútil encontrar la puerta de la esperanza y huir, ya que la bestialidad destrozó hasta lo más nimio. Hasta el llanto extremadamente oscuro.

Lo humano dejó de respirar.  París no puede cerrar los ojos del mal asombro que lo abrasa. Lo convulso hiela el presente, y el futuro no se sabe qué es. La niebla de luto repentino dentro de cada historia, desde cada desaparecido en abarrotado mundo. Como para romper el ardor de una belleza tan estimada, como  es vivir, como es viajar a París.

Qué locura. Qué perverso, qué grito afilado, perdido, acabado, soñando que lo imposible estaba allí mismo. Y solo estaba el dolor terrible. Esa forma de borrar todo menos la locura sobrecogedora, terrorífica ante el espanto de lo incomprensivo alcanzando la hora más dolorosa  Un adiós a la libertad más humana, a la sonrisa tan digna para vivir y comunicarse. El encuentro con un temblor de hierro, con un dolor tan inmenso e insostenible.

Declina un aspecto de tristeza incesante. Se desvanecen las horas. Y se encrespan como un mar enfurecido. Llega el frío a todas partes nuestras y el frío de los noticias. Ni la luz es luz, aún, solo oscuridad hasta dentro de las farolas encendidas. París tan hermoso… en la vida y  en sus lágrimas.

Elena Santiago