Arboles. Páginas que hacen camino.

Páginas que hacen camino

Aquel hombre había acabado por entender y aceptar que él tenía algo de escritor. También era poeta, aunque no se había dado cuenta. Había nacido así y con placidez se aceptó. Reconocerse y consentirse podía ser soberbia o resignación. Él no se veía ahí.

El bosque era su imagen predilecta. Donde perderse y donde encontrarse. El mundo guardaba mucha miseria sin embargo la naturaleza se entregaba en cualquier hora y estación. Ya de niño juntaba las horas para pensar y estar seguro de que quería ser árbol y ver desde lo alto. Abajo, los caminos, estaban llenos de huellas torcidas. Las que consideraba certeras  eran pocas.

Amó más la tierra que el libro, pero ¿acaso la tierra no era un libro con cientos de páginas y mil poemas.  Estaban en el aire. Estaban en los rincones. Y alrededor y dentro, en síntesis del amor y el bien. Del amor y el mal. Buscaba  encontrarse con lo que más se mostraba.

El aire bufando en las rendijas de la casa y llorando momentos sentidos de quien busca el amante. Su silla esperándolo. Sus luces y sus primeras horas. La montaña y el mar ahogados de  sensaciones. La lluvia era un llorar por las madres muertas. Y la nieve. Y el silencio.

Súbitamente recitaba despacio como si eligiera más un aroma que una palabra que llegaba. Los libros aunque algunos como contaba Torga : “Hay libros que son como almas en pena”, hay otros verdaderamente plenos, intensos, emocionantes, dentro de una belleza de lenguaje. Y los poemas. Versos y alma y cuanto no se pronuncia, alzándose a la ternura o la desgracia.

Páginas camino adelante o atrás (todo es vivir y es literatura). En ocasiones caían pájaros. A veces se alzaba el trigo. Algún sollozo. O el canto del mirlo como un dios pequeño. Y ahí estaba el estremecimiento  de valores, el mito, o el estremecimiento del frío o del olvido.

Lo peor es silbar a nuestros perros cuando ya no se tienen. Querer salvar el pozo cabeza abajo, si ya no se tiene. Encerrarse en el pensamiento y dormirse. Esconderse en los sueños, cuando ya no quedan. Si quería escribir como quien labra la tierra, finalizaba por labrar hasta su propia sombra. Escuchaba la soledad y cuanto iba siendo. No sabía  hallar la excepción pero no temía el final.  La vida continuaba siendo intensa y dándose en mensajes. Para seguir escribiendo o para acabar siendo otro.

De niños cuidaba el ángel de la guarda con algunos arreglos. Cada vez menos, porque iban quedando pocos. Hasta ellos estaban siendo despedidos y unos se fueron al Vaticano y otros a humildes ermitas entre montañas.  Entre la paz y las maravillas. Igualmente llegaron a la fila de los parados, para hacer compañía y vender sus alas si falta hiciera.

La infancia y la juventud un arrullo de voz ronca de tanto contarlas. Y diciendo: “Juventud, divino tesoro,   ¡ya te vas para no volver!    Cuando quiero llorar, no lloro…   y a veces lloro sin querer”.

Lo decimos teniendo cercano a su autor Rubén Darío hablando de juventud, sin embargo, muchos,  nos quedamos en la infancia. Para repetir conmovidos: “Y a veces lloro sin querer”.

Y seguir hacia alguna parte.

Elena Santiago