Flores. La madre de Antonio. Elena Santiago.

La madre de Antonio

… y entonces fue entonces cuando encontré a Antonio. Sabía que observaba mi coche rayado y gris, muy anticuado. La larga bufanda que me cubría medio rostro y levemente mis palabras de saludo. Pasmados mis setenta años ante aquel muchacho, el niño que había crecido sin remedio y que conocía mis sentimientos sabiendo que había pasando media vida apasionadamente enamorado de su madre. Ahora, tras años sin verlo, aquel encuentro. Un saludo al paso y un escalofrío. Porque Antonio tenía los mismos ojos de su madre. Aquel tono entre vencido y dorado. Aquella forma de mirar con más asombro que mirada.

– ¿Y tu madre?

– Está bien, aunque ahora tan sola…

No fui capaz de preguntar por qué tan sola, ahora.

Observé que el muchacho me acogía, estaba bien aquel acercamiento inesperado, la situación cálida. Tal vez sabía que su madre me seguía esperando como si el tiempo para algunos no tuviera alcance.

Me miraba y esperaba. Parecía conocer que aún había un final, y yo era el dueño.

Sentí pasarme por encima el agua de la ría de Muros donde nos bañábamos aquellos veranos. Era tan prodigioso que aunque nos escondiéramos bajo el agua una hora, no nos llegaba ningún ahogo. Vivíamos una magia que convertía todo en asombro.

Distinto ahora, que me ahogaban un poco la ría y el recuerdo.

– Si está tan sola, podría llegarme a Lugo a verla. Precisamente, tengo que ir… –mentí, acercando aquellas palabras.

Me miró con los ojos de ella, y yo me atraganté como si estuviera bebiendo la ría entera.

Reaccionó él, finalmente:

– Ah, sí. – y sonrió un poco -. Seguro que le das una alegría. Ella que, ahora, tiene pocas.

Y yo, temblando setenta años cumplidos, sin preguntar. Como un lelo con miedo a saber por dónde iba su vida, por qué capítulo la necesidad de sus deseos.

– Iré- y pulsé aquel acento con emoción, con firmeza, no sólo en la decisión de ir a verla sino a recuperar quizá lo insalvable.

– Gracias- le oí.

Negué, muy apresurado, con urgencia y alma:

– No, no. El agradecimiento es mío. Gracias, gracias.

Flotaba en la ría, en el verano, en los ojos de aquella mujer del pasado, de un largo tiempo y largo amor.

Antonio parecía ya pasar a la despedida pero antes sonrió con calma, despacio, como si se le pudiera romper algo de aquel gesto, y, con suavidad, como dentro de una ligera broma, explicó:

– Bueno, que sepas… Ella tiene una artrosis importante…, pero sigue siendo atractiva y sigue…

– ¿Cómo? – precipité.

– Pues…, habla con tanta frecuencia de aquellos tiempos vuestros… De la ría de Muros y los veranos… Vive sola y vive para los recuerdos…

Antonio se despidió dos veces y se fue, perdiéndose en la calle. No sin volverse a saludar con la mano.

Esta vez, no me quedé solo. Y cuando eché a andar sentí el alivio súbito de estar dentro de un cuerpo ingrávido. Sin reuma. Sin arritmias. Sin aquella leve cojera que me había quedado de una operación.

Iba dejado atrás cualquier cansancio y respiraba un aire nuevo que me confortaba.

La vida entera me acompañaba.

Elena Santiago