La luna llora. El Norte de Castilla (14/3/2015)

Yo, u otra, digo o dice que los poetas sostienen el ritmo de sus latidos más conmovedores. Latidos más fuertes acompañados por un temblor y una dulzura que si es noche llora la luna, y si es día aparece la realidad despertada, a la espera. El espíritu se asoma y da vueltas al reloj. Escribió Emerson: «El espíritu se construye su casa como quiere; pero cuando la ha construido se queda prisionero dentro».

Digamos que yo, u otra… (mal colocarme la primera) construyendo casa sosegada y más con un escritor dentro de una escritura, exponiendo para sí y su silencio palabras, memoria, imaginación, vacío, dolor y ternura. Lo agita y lo ordena o lo deja ir por el paisaje y el ser humano cabalgando el pasado o el presente, y acariciando el murmullo de una llegada necesaria e intensa.

Muchas noches –de niña– rezaba al ángel para no ser prisionera. Con pocos años leía a Tagore y se lo leía a Agustina, la mujer que trabajaba en casa. Pero a ella le gustaban los versos de su novio. Lo tenía en la cárcel de León por una cuestión sin frenos de los que dirigían el país. Ella lloraba mucho. Y él lloraba mientras le escribía «poesías de besos». «Ser maestro querría para tener en la pluma todos los amores. Hablo y digo amores. Lloro y lloro amores».

No queríamos yo, u otra, estar en presidio. No ser prisionero, llamarnos Constantino como el novio de Agustina. No tener su nariz ni sacar su sonrisa mordida por los dientes. Era hombre que miraba con ojos afilados y negros, la cabeza sin pelo, cejas sobrantes y un mostacho excesivo. En él se le enredaba la voz. Invariablemente, en sus salidas, llevaba regalos hechos por él. Tan espantosos, y había que decirle: preciosos. Esto, en aquella vida había que decirlo más veces, aunque espantasen. Porque aquel hombre sufría y había que consolarlo. Los mejores regalos eran las caracolas de mar enlazadas, pintadas de rosa en una cuerda tosca y ruido de ola. Seguramente ola rosa.

Después mientras él merendaba nos leía Agustina la poesía de su amor que tocaba como una buena guitarra (según ella): «Amor, aprisionado estoy, amor prisionero del corazón. Amor los días se pudren sin ti. A las lunas les salen canas como a mí. Viejo me hago como si no fuera joven. Digo la verdad cual hombre inocente y en confusión. Justicia me piden, más verdad; y yo no encuentro. Contemplo, eso sí, el amanecer entre rejas y el sol se me parte a rayas. Sueño que nos vamos juntos bajando con el agua del molino, ciegos de luz. Cerca, alrededor, los patos blancos y negros nadando felicidad por no ser presos. Libertad era vivir y tener enamoramientos, enamoramientos hasta la muerte, aunque me repita».

Yo, u otra, abrazamos a Angustia, no Agustina dado los días que estaba tragando a la fuerza. Se llamaba de tal manera, Angustia, porque su hombre había desaparecido. Yo creía que solo desaparecían los lapiceros y las gomas de borrar de la escuela. ¡Qué idea! Si se pudiese con la goma, en cada casa o en cada cárcel, borrar lo que doliera… Dios era una goma … Y Angustia dijo que qué ocurrencia meter a Dios en una goma.

Fue pasando un tiempo largo y Tagore había escrito: «Si lloras por haber perdido el sol, las lágrimas no te dejarán ver las estrellas.»

Angustia marchaba a su pueblo. ¿Por qué te vas? Me voy a mi pueblo a llorar. Y fue cierto. Porque la visitamos y al vernos derramó lágrimas y suspiros; yo, u otra, pensamos que iba a morirse. Nos dio la merienda, buenísimo pan, con tocino y azúcar. Era «de un cerdo de la casa» –explicó–. Y allí acabó lo poético.

En un momento de oscuridad y viendo en la mujer un bulto igualmente negro, nos dijo muy bajo:

 –Peor ya todo. Hasta el cerdo. Mi hombre desaparecido… ¡Ya tantos días…! Sin saber si vive o muere y ni asomarse a decirme que es él como siempre. Anda escondido. Y así, y así… Tiempo y otro tiempo, y nadie llama. El mundo es muy grande y como si hubiera humo y no pudiese verse. Y sin verse, no hay camino.

No era yo tan pequeña, y le dije: «Si lloras por haber perdido el sol, las lágrimas no te dejarán ver las estrellas.»

¿Qué me quieres decir? –pasmó Angustia, observándome.

–Depende si eres el sol o una estrella –aclaré.

Pasmó más. Se limpió las lágrimas, el dolor y el miedo, y murmuró agobiada:

–Siempre tuviste ocurrencias. ¡Soy lágrimas!

Yo, u otra, lloramos con ella.