Extrañezas

Lo peor era silbar a su perro mastín, cuando ya no lo tenía en casa. Lo peor, no oír mirlos del verano por ser diciembre. Querer salvar el agua del pozo del patio, cabeza abajo. Y el magnolio en los veranos pleno de magníficas magnolias intensas en su aroma, algo abatido últimamente de sostener todos los nombres de la familia. Resaltaba  que algunos nombres de mucho tiempo pasado, al llamarlos, ya no contestaban. Y conmovedor que algunos sueños quemados, caían como hojas secas.

Mal  era el espejo contando  su  pelo  totalmente blanco hasta las cejas. La mirada algo caída. Y los labios adelgazados de tanto besar toda la vida. Y las manos arrugadas  no parecían sus manos. Así, la dulzura algo amargada sostenía frío. Cobijaba un pasado desde niño al día de ahora mismo, sintiendo amorosamente una llamada  del bien y la satisfacción de ser y estar.  Contra cualquier soledad.

Elena Santiago