El viento

El aire bufando en las rendijas de la casa, diciendo palabras suyas (una de ellas: bufando). A ella la estremecía y se le antojaba que las ráfagas llevaban demasiada prisa, tan suelta en un encuentro con  el  tejado y los ventanales de los antepasados.

Y sonaba en el desván oscurecido el polvo sobre baúles y sombreros  antiguos, más cartas de amor de siglos atrás, sin perturbarse. Qué gran olvido el de aquellos papeles amarillentos, alguna fotografía, zapatos,  y aquella  tarjeta especial,  amorosa y romántica, desde París. Murmuraba  el viento que sonaba, con la extrañeza de que se mantuvieran vivas las cartas. Acercando el temblor de  amores antiguos. Seguirían de momento. Pero una limpieza hasta el fondo…  fue dejando  la forma de la muerte.

Asistieron  momentos de intensidad y emociones y  se abrió levemente una claridad del único ventanuco  que aun con rejas, se convertía en camino lúcido.

Invariablemente nos salvaría aquel ventanuco asomando su luz. Alentaba en el desván.  Hasta en el polvo envejecido.  Era, a pesar de lo oscuro, un reflejo sin dudas  en sentimientos vivos, y salvaba de cualquier estremecimiento o susto, entre la nostalgia decaída.

Elena Santiago