El olvido nunca / Nunca el olvido, Tomás-Néstor Martínez

Tomás-Nestor Martínez nos habla de la novela ‘Nunca el olvido‘ de Elena Santiago, publicada por Letras En La Nube.

Primeros días de noviembre.

Y estoy en la novela o ¿seré ya novela? El tiempo narrativo juega y burla los tiempos cronológicos: crea su propio devenir.

Apenas han pasado unas semanas. Ahora creo conocerla un poco más a ella, aunque sospecho que esconde espacios muy personales, de acceso ocasional.

Se hace la interesante, siempre ella. ¡Cómo me agradaría estar a su lado para hablar y divagar de este mundo o de otros que dice (re)conocer muy bien! Charla e inventa hasta el disparate; le parece una genialidad.

No será sencillo encontrarse con ella; espero la sorpresa: su llegada explosiva. Lo suyo es andar creando mundos a su antojo. No sé cuántos ya. Algún día lo contará como le parezca, con su muy personal interpretación. Es muy así. Ocasión habrá de hablar de ello.

Rebelde habitual, no quiso someterse a la eternidad porque se le hacía eterna. “Matusalén a su lado era una primavera”. Apacible, intenta a diario  enfrentarse a la duda, con las dudas; siempre encuentra alguna. Ni la ira de su acaudalado padre, ya sin madre desde muy niña, había podido con ella. Han pasado unos años y la cabeza la tiene como alborotada; el ánimo un poco embrollado. De niña soñaba con volar: “Me voy con las nubes”, gritaba. No tardaría en rondar por su vida la enfermedad del alejamiento y la confusión de nombres. Y muy curiosa una costumbre ¿extraña? que guardaba para sí: en la habitación se sentaba al revés en la silla para conversar con el respaldo alto; ¿qué se dirían ella y el respaldo? Lo desvelará, sin duda.

Años atrás se enamora  locamente de un hombre digno de protagonizar la película Casablanca, “Y aún más, un hombre de Memorias de África, en aquel vuelo los dos sobre un mar para extasiarse”. Al fin, el gran día de la celebración del sueño y el amor: el alcalde sonreía sin descanso y enviaba el mensaje de la unión en el amor generoso y tal y tal. Palabrería institucionalizada. Ella, equilibrista por momentos, toda la ceremonia “conturbada sobre unos inseguros zapatos”, bajo un sombrero que “solo era una aproximación de sombrero a punto de caerse”. Tras la colocación del anillo él se asomó a mirarla a los ojos. La fascinó. En medio de las lágrimas “ella se dijo que quería a aquel hombre, sin salir de él ni para beber agua. Y si tenía que oír a todas horas que le hablase de Dante, ella sería Dante”. Era profesor de literatura.

¿Y él? De niño se había fugado de casa. “Había seguido la dirección de los raíles del tren al encuentro de lo que no sabía si existía” Tuvo que regresar “explicando que solo había ido a investigar si lejos existía lo acabado”.

El cerebro de ella se vaciaba lentamente en la nada. El dolor que comenzó a acarrear la vida trastocaba poco a poco cada uno de sus días hasta hundirse en el alma.

Semanas atrás yo no conocía a Ada Veiga; sin embargo, ya se ha puesto a descorrer y desvelarme más secretos de su Samuel Alcives; cuenta vivencias con su hija Selma, de la nieta Valen, del chaval Ike, hijo de Meli , Melita, bajita y dulce, nacida para el temblor, arrasada  por la vileza y una muerte a destiempo con la que habitaba ciega de miedo: Cosme Alonso.

Ada Veiga, a quien conozco desde principios de noviembre a través de Nunca el olvido, ha susurrado a Elena Santiago cuanto quería dar a conocer de su vida o de otras vidas paralelas o colaterales; le permite, como buena confidente, que hable en Nunca el olvido de cuanto quiera, que cuente o ‘descuente’ y lo publique, pues lo sabe todo y aún más.

Que ella, Ada Veiga, del pueblo de Ojeda, ha decidido irse de la vida, aunque de vez en cuando bajará a esta misma vida para ver o tal vez participar, ya que demasiado tiempo por allá, por donde anda ocasionalmente, no está muy conforme. Hay cosas que no comprende. ¡Hasta ha decidido “encontrar un abogado (aunque fuese fallecido) para conocer las leyes de donde se encontraba”!  Está dispuesta a desobedecer, a ir en contra de “la sumisión que había apresado sus días”.

Samuel, Selma, Valen con Ike, -¡qué fastidio para estos dos!-, tratarán de buscar en Roma entre bellísimas esculturas a Ada, madre-abuela-esposa, y tal vez a Meli Melita. Nunca consentirán que acampe el olvido.

En el discurrir de la novela, Elena Santiago va trazando con habilidad el mapa por donde transitan vidas, rescatando la topografía de los sentimientos en los que deja marcas de lirismo y poesía: “Dejó Ada caer a trozos sus 65 años”, “Estaba la noche entera colgada fuera”, “Recorría la casa salpicando como un hisopo las palabras”. Y cuando la emoción está a punto de arrastrar al lector hasta el desbarrancadero surge la maestría de la autora para reconducir a aquel hacia otro instante de la vida/vidas de los demás, hacia el mundo que estaba allí.

Recuerdo frente a olvido, memoria ante desmemoria, sensatez ante la sinrazón. Somos cada uno de nosotros lo que guardamos en la memoria; reunimos la vida en manojos de recuerdos, en emociones, entre  dudosa realidad e irrealidad cierta.

Y la vida en Nunca el olvido decae y se regenera. Ada y Samuel permiten la entrada en sus días ya muy desgastados; Valen e Ike aún están en el andén esperando subir al tren de su tiempo; también ellos conocen el lado amargo de una muerte.

Nunca el olvido ha de ser un grito permanente ante la monotonía y la acomodación en la indolencia.

En Astorga RedAcción…

Presentación en Veguellina de Órbigo aquí…