Disgustos en la infancia. El Norte de Castilla (28/5/2016)

Nunca su risa es equivocada. Al menos para quien los abraza. Nunca se rompe la luz de su mirada y los gestos inventados. Al menos cuando la risa no les detiene. Aunque llegue la noche cambiando los muebles de su sitio de siempre. Porque el techo del dormitorio descuelga algunos temores entre sombras. Y aun sabiendo que la oscuridad esconde todo, ellos avisan de héroes entre sus juegos, y aseguran que arrasan el mal porque son amigos suyos. Aún son pequeños. Cuatro y seis años. Y bailan lo más moderno, recitan poesías en días de fiesta. Asisten a conciertos o a actos propios de su edad. Conocen mundos distintos cuando viajan y aprenden otras gentes y otras formas y distintos caminos. Respiran encantados sobre su sonrisa continuada.

Sus nombres: Mateo y Pablo. Y les encantan los policías y los bomberos. Héroes más distintos, pero héroes. Esto, sin saber hasta qué punto el mundo se ha revuelto. Se ha desbordado. Tantas realidades en un palpitar mal herido.

El niño mayor gusta de arreglar heridas ficticias. Le acompaña un maletín de necesidades para cuidar cuando elije jugar a médico.

– ¿Vas a ser médico de mayor?

– No. Voy a ser rey.

Y se quedó muy de acuerdo consigo mismo.

Pablo asegura que va a ser eso, mayor.

– Ya mayor –advirtió Mateo– eres padre y te enamoras, y eres grande haciendo a los padres muy mayores. Abuelos. Entonces, se cansaban. Había que acercarles sillones muy cómodos y zapatillas calientes. Aunque no querían morirse, sin embargo no olvidaban que su último viaje era a las Nubes. Estaban muy contentos cuando nevaba, quizá porque no se veían nubes. Sólo vuelos de copos blancos. Por miles sobre tejados y caminos y flotando en vientos.

– ¡Ah¡ Y escondiendo lo feo– opinaron.

Ellos conocían lo feo, visto al pasear la perrita por un parque.

Se habían detenido los niños bruscamente en la yerba verde que se podía pisar y les dejaban pasearla. Alrededor árboles saboreando algo ya de primavera. Fue Pablo quien hizo una parada en seco y gritó, vuelto a su tía Elena.

Mateo sostuvo que aquello era fatal.

Y Pablo, hacia su compañía, con voz muy alta señaló espantado:

– ¡¡Un cristal de vino ¡¡ ¿Te lo puedes creer?¡Roto y tirado! ¿¡Te lo puedes creer!?

Impresionado continuó que aquello era peor que lo malo. Que era como ponerse a llorar, viendo roto un campo tan bonito con aquel mal tirado allí mismo.