Con Tomaso Marini

Sería un desayuno con mermelada de frambuesa el programado encuentro que nunca iba a llegar. Con Tomaso Marini, en Milán. Habíamos cuidado una correspondencia desde que envió una primera carta al periódico español donde se publicaba mi cuento Una tarde de algodón amarillo. Hoy, un cuento olvidado. En su carta de dos folios comentaba mi narración. Compraba cada domingo un periódico español porque le gustaba nuestro idioma y quería profundizar en él.

Iríamos cruzando libros por mi parte y, por la suya, algunos cuadros espaciados y una bella escultura de una Madonna.

Era más que un ser envejecido. Al  ver las fotografías enviadas comprendí que eran de una persona sin demora hacia el final. Atormentado y algo extraño, temeroso para siempre, hundido y enfermo. Iría sabiendo de su intensidad de sensibilidad y dolor. Su tiempo encerrado en Auschwitz lo cubría  como si fuera ya otro ser irreversible, encerrado en aquella memoria última.  La miseria  y el terror del Campo  arrasando hasta su nombre en aquel destierro sin humanidad.

Tomaso Marini, Tomi de niño para su madre, había crecido dentro del Arte y pronto iría acumulando pinturas de pinceladas muy personales y bellas, sin direcciones equivocadas (una conjetura personal) y donde el amor y el niño, protagonizaban. Sus dibujos sobre un joven  desorientado, corto en decisiones, casi invisible, de una primera novela mía, eran sencillos pero definitivos atrapando misteriosamente la desolación ocurrida en el muchacho.

A sus cincuenta años era un enfermo de oscuridad, estremecido y con la fatiga y el miedo recurrente, sepultándolo. Volvería a Milán y a la vida en una buena fecha. Sólo supo que el terror ya no rodeaba su larga espera. Libre, pero nunca podría sentirse a salvo; la carga era excesiva. No supo si continuaba en él, él mismo. Su cabeza acumulaba presencias indelebles. Sabría, si salía a la calle, que pisaba el mundo interpretado que nombraba Rilke. Al poeta lo salvaba la presencia de un árbol: Tal vez nos queda un árbol en la ladera…

Quizá a Tomaso Marini solo lo ampararía algún amor salvando la ternura y llamándolo Tomi.

Las palabras desteñidas, quebradas y sin sentido. Inalcanzable era poder esconder bajo tierra, Auschwitz. Nada de aquella historia. Ni fuerza para dejar aparecer de ella ni un gesto.  Sabía de su libertad sentada a su lado, como un invento urgente. Pero no era cierta. Resurgía el odio. El olor. El humo. Sus guardianes, la indefensión y el aislamiento, declinando sin resignación el intenso vacío que hundía la existencia.

No sirvió que la vida de afuera le concediera una certidumbre y una verdad. Iba a ser imposible. Su mirada de dolor surgía por encima de cualquier rasgo más leve. Sus ojos no lo comprenden todavía: están llenos de vértigo… (Rilke). En otro espacio cierto o inventado quizá, como el Arte. El sueño de algún encuentro de una vida palpable.

Me comunicó su hermana el fallecimiento.

¿Había muerto sin que nadie le volviese a llamar Tomi?

Elena Santiago

Nota: Publicado en El Norte de Castilla, hace mucho tiempo…..