A merced de la realidad. El Norte de Castilla (13/06/2015)

No sabía qué prisa habría de darse para escapar cuando nos persigue el miedo. En la infancia existe como una sábana del miedo. Se sabe que es la casa de los mayores pero la noche es tan fuerte que las paredes se asemejan al palacio casi destruido del cuento y el color gris. Además los padres vigilan: son cuatro ojos muy abiertos como lunas llenas. Así, no se sentía desamparado entre ruidos casi callados. Y alrededor estallaban muy levemente pasos sobre la madera y un susurro de enredos, cual pequeños suspiros perdiéndose. La fatalidad era no acabar de encontrar la puerta de irse. Salir de aquella voz tenue pero extraña y alcanzar el olor de colonia de la madre, olor a París.

Abajo, en el patio empedrado había un farol encendido en una esquina observando al fondo, sin cansancio, algún gesto desfigurado en sombras de labios fríos. Noche abultada enormemente sin facilidad de esconderla en alguna parte. Nunca supieron la forma de espantarlo, de dejarlo atrás. Pero no. Ni con los ojos cerrados y soñando pestañas como árboles. Pertenecía más que al temor, al temblor; como un profundo misterio. El miedo. A las doce –decían ellos–, abría los grifos de salir nubes perdidas de color.

Ya en otras ocasiones había recordado lo de Valery Lanband que reservaba dos asientos en los trenes, uno para él y otro para su sombra. Se les ocurrió (a los llorones miedosos) que el temor se sentara en un asiento y en el otro la niebla negra. Temblar era fácil. Como si estrenase la memoria- sábana, sin comprensión. Podía tomar un tren con un asiento y otro para la sombra del miedo.

«La vida no llora / Se sienta a esperar al sol y a la sombra / la abriga la risa y el desconsuelo / lágrimas vestidas de cenizas/ Un viento de dolor y llanto/ siendo escalofrío de luto y miedo».

Se iban requisando sueños. Se entregaban, a distintos caminos. El grito del niño era el título sobre el papel blanco. No ve su puerta. No ve esa mirada suya con los rostros más queridos, aunque no estén delante. «Amorosamente/llegan abrazados a cientos de estrellas y el camino es luz, sonido dulce color luna».

Los desvanes antiguos, magníficos espacios de música, aun siendo centenarios. Horas y horas abriendo secretos, sombreros y vestidos, postales escritas de amor, libros canosos y con ausencia de hojas. Las horas no existen. Sí, el temor a fantasmas en los rincones. Alguno se ha quedado a vivir escondido y escondido en su sombra.

Qué trágico, pero por alguna razón se pueden bajar (o subir) a sus vestidos o trajes, sombreros, algún zapato de cientos de años, modelos que hoy vuelven a los escaparates anunciando su personalidad y la novedad de lo más moderno.

El grito del noruego Edvard Munch aparece en uno de sus cuadros una figura andrógina en un dolor o espanto de su existencia. ¿Cuántos millones en la vida, sin saberlo fueron, o somos, el protagonista de la pura ansiedad? El grito es la soledad que no se quiere. Y es falta de amor. Negra pesadumbre, diría Kafka.

La negra pesadumbre, azorada. No sabe si escapar por la derecha o izquierda. No respira. No ama. Pero está ocupando demasiados recuerdos. Amando ese dulce encuentro.

Anduvo la noche sin detenerse hasta encontrar el día. La realidad de luz. La llanura y la mañana que se extienden. Ni rastros del miedo. Pudiera ser una de las escapadas de don Quijote que leemos subyugados y que repentino llega a aclarar esta página, incansable en sí mismo. Es un hombre, el buen caballero, saliendo de la venta al alba. «Aquel mundo alba de estrellas, claridad imprecisa emborronando lo umbroso en una hora que iba apareciendo calmada, sin prisa y con inocencia».

El Quijote y el alba y a despachar a molinos en marcha. Por detener aquí mismo sus luchas y amargura para enderezar la vida y el amor. Sin miedo.